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Parte II














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A los 13 años, Jesús Soto leía La divina comedia: “Recuerdo que yo me montaba en un árbol, solo, para que nadie me molestara ni se burlara de mí. El libro me lo había prestado una tía que tenía algunos.

 

Recuerdo, como si fuera hoy, la injusticia que me parecía eso de que Virgilio se quedara en el purgatorio porque no había sido bautizado, pero sobre todo la angustia que sentía, y que iba creciendo, a medida que se anunciaba el encuentro de Dante con Dios.

 

Sentía una angustia muy rara, muy fuerte, por el temor que me producía la imagen que pudiera tomar Dios. ¿Cómo sería, cómo lo vería Dante? Esa posibilidad de que Dios pudiera tener una forma, de que pudiera parecerse al Dios barbudo de Miguel Ángel, ese Dios amenazante que dice:

‘Tú debes hacer esto, porque a mí me da la gana’, me angustiaba de una manera que todavía hoy, 60 años más tarde, recuerdo con precisión.

 

Pienso, también, en el gran alivio que sentí cuando descubrí que Dios era sólo luz, que no tenía forma, sino que era pura luz –que es energía– sin cuerpo material.

 

Eso fue para mí un gran alivio”.

 

Así se confesó el artista cinético venezolano ante el curador Ariel Jiménez, director del Museo de Arte Moderno Jesús Soto de Ciudad Bolívar; palabras que Jiménez transcribió en el libro Conversaciones con Jesús Soto. Con éste, más allá de las disquisiciones y razones puramente modernas sobre la obra del creador, el curador se valió para añadir otro entendimiento especulativo y más psicológico sobre el cuerpo de trabajo de Jesús Soto. Esta vez, como una búsqueda –consciente o no– de Dios. Todo por la desmaterialización, la vibración, la energía, la luz, temas desarrollados en las piezas del artista.

 

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Discurso pionero

Jesús Rafael Soto nació en Ciudad Bolívar el 5 de junio de 1923.

 

Luego de ganar en 1942 una beca para cursar estudios en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas y de egresar de ella en 1947, dirigió la Escuela de Arte Julio Árraga de Maracaibo. En 1950 decidió irse a París, eje urbano que –hasta un poco más de la mitad del siglo XX– fue referencia artística y cultural de Venezuela. En Francia, donde subsistía como guitarrista –la música fue otra de sus pasiones–, Soto, quien ya acusaba sensibilidad por el cubismo y la obra de Mondrian y Cézanne, se interesó, como otros creadores de la época, por la investigaciones geométricas desarrolladas por Mondrian y Malevitch.

 

El venezolano estudió a Kandisnky, Klee, Albers, Sophie Taeuber, Moholy-Nagy, Arp, Calder, Duchamp.

 

Por otro lado, la obra de Soto se mantuvo próxima a la filosofía de la ciencia y a las especulaciones derivadas del estudio metódico del universo observable. En 1955, participó en la exposición Le mouvement, organizada por la galerista Denise René en París, junto con Yaacov Agam, Jean Tinguely y Pol Bury, entre otros.

 

Esta experiencia estableció las formas para una nueva vanguardia:

el arte cinético, que se convertiría en identidad del creador y, décadas después, en la credencial artística de mayor reconocimiento del arte venezolano.

 

“Nosotros –Carlos Cruz-Diez, Alejandro Otero y Jesús Soto– tuvimos la suerte de empezar a trabajar en Venezuela en el momento en que la arquitectura, con Carlos Raúl Villanueva a la cabeza, empezó también a ver de un modo diferente. No sólo fuimos nosotros, sino también grandes artistas como Calder, Leparc y otros creadores”, declaró el maestro en una entrevista publicada en El Nacional el 6 de octubre de 2002.

 

Y añadió: “El nuestro era un trabajo muy difícil de aceptar. La gente no creía que era arte, creían que era decoración. Poco a poco descubrieron que tenía una razón de ser y que era parte de un momento histórico. El nuestro fue un discurso que abrió y formó una sensibilidad que ha servido para tener a los nuevos autores que disfrutamos ahora.

 

Esa etapa difícil se la ahorramos a los contemporáneos. Se la dimos hecha”.

 

Soto, cuya obra ha sido una de las más expuestas y estudiadas por los especialistas venezolanos y extranjeros, fue reconocido como Premio Nacional de Artes Plásticas en 1960, además de sumar una miríada de importantes reconocimientos y galardones internacionales. Uno de sus legados es el Museo de Arte Moderno Jesús Soto de Ciudad Bolívar, cuyo patrimonio de obras cinéticas de artistas de todo el mundo singulariza a esta casa de las artes. Soto, a pesar de completar una obra muy plural dentro de sus líneas, tuvo con Penetrable una de las piezas más impresas en el imaginario nacional.

 

Quizá allí se diluyó su cuerpo, después de ver a Dios.

 

 

DESPUES DE LA MUERTE DE JESUS RAFAEL SOTO EN EL 2005 SUS AMIGOS COMENTAN:

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Carlos Cruz–Diez:

 

“Estoy muy triste porque fue, desde la adolescencia, un amigo entrañable. Una amistad que duró hasta ahora.

 

Compartíamos puntos de vista sobre el arte y sobre la música, terreno en el que fue también un creador activo. Siempre dábamos serenatas y cantábamos, tanto en Venezuela como en París. Espero que sea un ejemplo para las nuevas generaciones, por la calidad y unidad de su pensamiento, de una lucidez que tuvo un rango universal y revolucionario para el arte, porque hay que entenderlo: el cinetismo cambió el discurso de la pintura. Mucho de lo que se hace hoy partió de ese movimiento.

 

Yo fui el último de mi generación en venir a París y cuando llegué, en 1955, estaba concluyendo la exposición El movimiento, en la galería Denise René. Hablar de mi amigo Jesús Soto es hablar sobre pintura venezolana y universal. Su obra respondió a su mente, capaz de un análisis brillante, lúcido, inteligentísimo y claro. En la obra se ve su carácter no dubitativo, una actuación decidida. Ojalá sirva de ejemplo. Venezuela debe estar orgullosa de un artista que está inscrito para siempre en la historia del arte del mundo”.

 

 

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Sofía Imber:

 

“Él y yo fuimos de las personas que más nos quisimos desde nuestra juventud, cuando coincidimos en París. Él tenía conciencia de estarse yendo y sé que no quería. Es importante saber que con Soto no muere nada. Los grandes artistas quedan, sus obras trascienden, los grandes países cuidan esas obras y las nuevas generaciones saben continuar, creer y crear en un país con esta herencia. Eso, aunque hoy se ha hecho difícil crear y convivir en este país.

 

Sólo en libertad se puede hacer la gran obra que Soto hizo.

 

Siempre le reprocharon su obra.

 

No tienes idea del esfuerzo que hice para colocar sus obras entre los venezolanos. En aquel momento su genio, que era vilipendiado por muchos, lo entendían otros grandes como él: Alfredo Boulton y Carlos Raúl Villanueva. Los demás no lo comprendían.

 

Hace poco, en un homenaje que se le rendía, le dijo a mi hijo: ‘Dile a Sofía que no se deshaga de ninguna de mis obras, que cada una fue hecha con mucho amor’ .

 

Todo lo que se realice en su recuerdo y honor debe hacerse con la conciencia de su sufrimiento por el rechazo que una vez recibió su obra aquí, que sigue siendo maltratada aún hoy. Le imputaban ser un artista francés, cuando fue el más venezolano y el más universal de todos. No estoy triste con su partida. Mentira, claro que lo estoy. Lo que siento, sí, es satisfacción porque fue un gran venezolano y un gran creador, con una conciencia política muy clara. Una mente y un corazón universales”.

 

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María Teresa Castillo:

 

“Esto fue un golpe tremendo para mí. Yo siempre profesé una admiración y un gran cariño por este inmenso artista nuestro.

 

Debe ser un orgullo para todo venezolano. Qué figura tan extraordinaria y, sobre todo, tan buena gente. Quizá es en momentos como éste que uno llega a reconocer y darse cuenta de la admiración que generaba en todos nosotros.

 

Conocí a Soto por Miguel Otero Silva, que era muy amigo de pintores y artistas.

 

Jesús Soto se hizo muy amigo nuestro, asistimos a todas sus inauguraciones y Miguel le tenía un gran afecto.

 

Me ha dado mucho dolor su fallecimiento. Lo importante era su talla creadora y humana. Eso es lo que hace grandes a los pueblos: genios con una gran sencillez, porque era alguien próximo, cercano.
















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